domingo, 24 de mayo de 2015

GUERRA Y OSCURECIMIENTO

Con Perfidia James Ellroy da inicio a un segundo Cuarteto de Los Ángeles que cronológicamente precede a aquel primer y ya mítico Cuarteto que había inaugurado La Dalia Negra a finales de los 80. Para dicha precuela no solo recupera personajes de aquel sino también de su imponente Trilogía Americana, construyendo así el proyecto de un corpus novelístico de once títulos con los que dar testimonio de la/su historia de los EEUU durante tres décadas. 

"En este momento nuestras opciones se reducen a hacerlo todo o no hacer nada."

6 de diciembre de 1941. Los Watanabe, una familia de origen japonés, aparece muerta en su domicilio de Los Ángeles horas antes de que Pearl Harbor sea bombardeado. Tambores de guerra. ¿A quién le importa los cadáveres destripados de unos japos? Con esta premisa -y con su prosa febril, telegráfica y sincopada- el autor de El Gran Desierto vuelve a arrastrar al lector a su particular universo de violencia, podredumbre y corrupción. A una ciudad sumergida en el miedo y la paranoia donde farolas y neones se apagan, los coches deben circular con las luces de posición y sus habitantes deben cerrar las persianas por miedo a los ataques aéreos y los submarinos. Una urbe en expansión, una caldera de racismo y locura. Hombres Lobo aullando a la luna.

"La lluvia amainó. Cada tantos segundos echaba un vistazo al espejo retrovisor. Su cara seguía siendo la misma.
 Había visitado México con el Dudster. Pensaba que después de eso tendría una apariencia distinta.
 Kay Lake había apuñalado a una mujer y ahora tenía un aspecto distinto. Pensaba que él seguiría el mismo camino."

Obsesión. James Ellroy dice de él que es un hombre obsesivo que escribe sobre hombres obsesivos. Y en esta L.A. en guerra nadie duerme. Todos deambulan por la ciudad como si hubiese caído sobre ellos una maldición. Consumidos. Unos manteniéndose en pie a base de benzedrina, otros por medio de plegarias. Aunque son decenas y decenas de personajes (entre ficticios y reales) los que pueblan las casi 800 páginas de Perfidia son cuatro en los que descansa el peso de la narración. Hideo Ashida, nisei (japonés nacido en EEUU) y el químico forense más brillante del departamento de policía, aprendiendo los códigos de un "mundo de hombres" hará lo que sea para preservar la seguridad de su familia ante los planes que el gobierno tiene para los ciudadanos de origen nipón. El ambivalente y fascinante capitán William H. Parker, ferviente católico consumido por el alcohol, la ambición de llegar a la jefatura de la policía, acosado por el recuerdo de una mujer y preparando el tablero para la inminente guerra contra los rojos. Kay Lake, a la que los lectores recordarán de La Dalia Negra, una de las grandes creaciones literarias de Ellroy, el único personaje que nos hablará en primera persona, una mujer tan valiente e inteligente como temeraria e inconsciente. Y si de grandes personajes hablamos que decir de otro viejo conocido, el aquí sargento Dudley Smith, mefistofélico, magnético, cruel, violento pero al que los ojos se le llenan de lágrimas mientras ve bailar a su hijastra (no desvelaremos su identidad para los que no hayan leído aún el libro) con un vestido verde, el color de su vieja Irlanda.

"Dejé el sobre para el cartero y me senté al piano. Había perdido la práctica, pero cobré impulso a medida que tocaba. Lee no apareció. El teléfono no sonó. Nadie llamó a la puerta. El Chopin era para Claire, el Grieg para Scotty, el frío estudio de Rachmaninoff era para Hideo. Dediqué el magistral Beethoven al único que se lo merecía."

 Ahhhhh, y el AMOR. Amores reales, amores ficticios, amores -claro- obsesivos, amores no confesos, amores peligrosos. Porque a pesar del manido apelativo de "perro diabólico" Ellroy es un romántico y éste es finalmente (cómo olvidar Jazz Blanco o Sangre Vagabunda) el protagonista de la novela. En un mundo de grises y dobleces, la última -¿única?- posibilidad de redención.

Ellroy ha madurado, cuenta, ya no va por ahí diciendo que es el mejor escritor del mundo. No hace falta. Abramos Perfidia por la primera página: Ellroy es bueeeeeeno.

jueves, 14 de mayo de 2015

HEART VS. MIND


Agarrarte más fuerte o soltarte la mano; emprender una huida hacia delante o parapetarse en la retaguardia  construyendo un nuevo fuerte; seguir los dictados del corazón o los mandatos de la cabeza. Cuitas vitales y sentimentales que vibran y se agitan en el interior de las once composiciones que dan forma a Heart Vs. Mind (2013), último disco hasta la fecha de ese secreto a voces que responde al nombre de Bryan Estepa. Un Bryan Estepa que podría haber nacido en California pero lo hizo en Australia. Un Bryan Estepa que podría ser Jeff Tweedy pero prefirió ser Bryan Estepa. Un amante de la música cuyo corazón late al ritmo de las canciones de Brian Wilson, Alex Chilton, Paul Westerberg, Simon & Garfunkel o Gram Parsons. Un orfebre, un cantante de voz dulce como la caricia de una madre a su bebé, un compositor cuyas canciones traen la promesa de un reconfortante rayo de sol, de una brisa refrescante sobre nuestra castigada piel. El sincero ofrecimiento de un hombro sobre el que reposar. Unas melodías que se mecen entre guitarras expansivas ("She Vs. Him"), pildorazos power-pop ("Overnight"), íntimas nanas al piano ("Nobody Has To Know"), gemas que tienen el mismo efecto que abrir la ventana para dejar que entre por primera vez la añorada primavera ("Arms Reach", "Seachange") o canciones simplemente para quedarse a vivir en ellas como "(If You Follow) We Just Might Get Near" y "Nothing At All". Todas ellas arropadas por la calidez que desprende la orgánica -"sincera", si se puede aplicar tal adjetivo- producción de su mano derecha, Adrian Deutsch. Y es que pareciera que nada malo puede pasar mientras suena cualquiera de aquellas canciones. ¿Mera ilusión? Seguro. Aunque descorramos la cortina y abramos de nuevo esa ventana. Entornemos los ojos mientras estos se acostumbran de nuevo a la luz del día y respiremos hondo. Una vez más. Egoístas. Así. ¿Lo notas? Pura vida.

domingo, 19 de abril de 2015

OLD NEW BORROWED AND BLUE


En el mejor de los casos, una banda de singles. En el peor, un chiste. Ambos enunciados se aplican con denuedo a la hora de hablar de Slade. Ambos enunciados se nos antojan, cuanto menos, injustos. La crítica suele poner el foco en la oscuridad, en el drama, aunque éste sea impostado (ya sabemos que nadie se va a llevar un Oscar por una comedia). Y claro, ellos nunca pretendieron cambiar tu forma de ver la vida ni la sociedad. Lo suyo tenía más que ver con los pioneros de los 50, aquellos que hicieron del rock'n'roll un vehículo de expresión de los jóvenes. Pero pincha cualquiera de sus canciones y verás como una sonrisa se dibuja en tu rostro. ¿No es eso una forma de comunicación tan valiosa como maravillosa? Para ello, sí, contaron con un arsenal de singles que fueron callendo como bombas uno tras otro sobre las listas británicas pero basta con una mirada desprejuiciada sobre su discografía para encontrar media docena de álbumes perfectos. Trabajos sin los que no podríamos concebir la existencia de Cheap Trick, Kiss o los Replacements. Trabajos como Old, New, Borrowed And Blue, editado en 1974, con la banda situada en el pináculo de la fama.


Slade ya habían demostrado lo bien que se les daban las versiones cuando se ocuparon del "Move Over" de Janis Joplin en su anterior trabajo (Slayed?) y lo volvían a demostrar abriendo su nueva obra con una rendición del clásico de Rosco Gordon, "Just A Little Bit". Para la irresistible "When The Lights Are Out" son quien de conjugar su clásico sonido con una melodía y unas armonías de inequívoco aroma 'beatle'. El rock'n'roll desatado vuelve a tomar el control en "My Town" merced a su hímnico estribillo. "Find Yourself a Rainbow", con su vodevilesco piano, nos abre las puertas de un colorido cabaret en el que desearás acabar la noche. La poppie "Miles Out To Sea" es uno de los secretos mejor guardados del cancionero de los de Wolverhampton; de encantadora melodía, transmite un aire de nostalgia inusual hasta ese momento en su carrera. Cerrando la primera mitad del álbum, el boogie arrebatado y arrebatador de "We're Really Gonna Raise The Roof". El título lo dice todo, no cuesta imaginar a Bon Scott saltando al escenario para marcase un dueto con Noddy Holder. De igual manera que no cuesta imaginarse a los desmañados jóvenes punks que tres años después pondrían patas arriba la escena musical encerrados en su habitación escuchando repetidas veces "Do We Still Do It". Y es que, ¿acaso no son los riffs que la abren y con los que erigen el puente de la canción puro Sex Pistols? Combinando sonidos acústicos y eléctricos, la mccartniana "How Can It Be" nos lleva de paseo por la campiña. "Don't Blame Me" viaja a ritmo  de rhythm and blues a 1965, Slade transmutados en The Who. El infeccioso ritmo de "My Friend Stan" despeja todo pesar que puedas tener encima. Si no, también podrás exorcizar aquel con la conmovedora "Everyday", balada pianística de inusitada belleza. Último corte del disco, "Good Time Gals", viene a ser una pendenciera declaración de principios, aquella que sirve para ilustrar la deuda que tiene la banda de Paul Stanley y Gene Simmons con los autores de "Cum On Feel The Noize".

Una, dos, tres,... doce razones para echar por tierra cualquier apriorismo sobre el grupo de imposibles plataformas. Una primera muestra (a la vuelta de la esquina esperaban triunfos -en este caso, pasado ya su momento, "solo" artísticos- como In Flame o Whatever Happened To Slade) de que su fórmula escondía más de un ingrediente. Ahora te toca abrir la ventana, subir el volumen al 11 y pinchar estas canciones. Tus vecinos te lo agradecerán... o no.


jueves, 9 de abril de 2015

GIVE A TREE YOUR NAME


Cuando dejábamos atrás los últimos acordes de "If Su Is Not There", canción con la que los Feedbacks cerraban la que hasta la fecha era su última referencia: Sunday Morning Record (2006), lo primero que nos venía a la mente era que acabábamos de deleitarnos con uno de los mejores temas de pop de guitarras de la década, así de claro; afortunadamente, la obra que la contenía contaba con más perlas en su interior, cultivadas todas ellas por unos músicos que parecían haber alcanzado aquí su madurez. Certeza esta que se veía asaltada luego por una incertidumbre: ¿serían capaces los asturianos, no ya de superar, si no de alcanzar un resultado semejante con su siguiente obra? Cinco años tendríamos que esperar para obtener respuesta, felizmente positiva. Give A Tree Your Name (2011) recogía la melancolía que impregnaba su anterior disco, cuyas composiciones parecían el fruto de las pequeñas -e inevitables- derrotas que deja la vida, para guardarla en el maletero de un coche descapotable en pos de una eterna puesta de sol. Transitando por carreteras ya conocidas (power-pop, rock americano, orfebrería 60's, efluvios nuevaoleros,...) para dejar un rastro de migas en forma de canciones redondas. Once canciones robustas como un vetusto roble y acogedoras como su sombra en plena canícula. La elegancia de "Lost The Words". "The One For Him" o la, de nuevo, canción pop perfecta. La rotundidad de "The Canyon", con los de Mieres asomándose al Pacífico. "Always Waiting" o Elvis Costello conduciendo en dirección a Los Ángeles. Brian Wilson alumbrando con su sonrisa "Name Of The Game". El beat del Mersey y la energía de The Plimsouls fundidos en la sublime, colosal,  "Not Your Kind". Ese single "perdido" de Stiff Records de imposibles armonías que responde al título de "Won't Let Me Go" (adictivo es poco). El rock clásico de "Run With You". El luminoso medio tiempo de "Call Her Summer". Las guitarras supurando fuzz en "How Long". Y para celebrar que hemos llegado a nuestro destino, la explosión de purpurina que adorna el ritmo de la contagiosa "Glitter Girls". Los bellos y acertadísimos arreglos del productor Paco Loco redondeaban y engrandecían una obra, Give A Tree Your Name, nacida del talento de Adolfo García, Javier Civademilla, Carlos Gracía y Pablo González, fieles creyentes en el poder sanador de las canciones de tres minutos. Aquel al que Alex Chilton apelaba en la inmarchitable "Thirteen". Ya sabéis, rock 'n' roll is here to stay...

lunes, 30 de marzo de 2015

CANNONBALL IN EUROPE!


Nada más y nada menos que 42000 personas. Ese es el número de espectadores que un 5 de agosto de 1962 se juntaron, en el marco del International Jazz Festival celebrado en la localidad belga de Comblain-La-Tour, para disfrutar -¡y de qué manera!- de la actuación del sexteto de Cannonball Adderley. Al saxo alto del artífice de Mercy, Mercy, Mercy! le acompañarían para la ocasión su hermano Nat a la trompeta, una base rítmica formada por Sam Jones (bajo) y Louis Hayes (batería), el piano del músico austríaco Joe Zawinul y un recién llegado al combo, Yusef Lateef, quien se ocupará indistintamente del saxo tenor, la flauta y el oboe. Con semejante alineación, y haciendo gala de una comunión encima del escenario que enseguida se traslada al enfervorizado público -que puntuará cada solo, cada cambio de ritmo, con sus vítores y aplausos-, los metales se convierten en los indiscutibles protagonistas de la pieza que abre el disco, "P. Bouk", original del propio Lateef. Tras unas palabras de agradecimiento ("para aquellos que las puedan entender", bromea Adderley) una hermosa melodía de flauta abre "Gemini", cuyos casi 13 minutos se convierten en el vehículo perfecto para que se luzca un tan magnífico como comedido Zawinul. Clásico recurrente en el repertorio de la banda, la celebérrima "Work Song", trepidante y swingeante, volverá a enardecer una audiencia que poco necesitaba para ello. Acercándonos al final, llega el momento del blues, género que no tenía secretos para el añorado músico de Florida. Sirviéndose de todo un estándar como "Trouble In Mind", la rendición es toda una lección de imaginación y sensibilidad, coloreando semejante clásico con un instrumento, el oboe, que pocos relacionarían con dicha música. Toda la contención acumulada será echada por la borda para, ahora sí, decir adiós con una "Dizzy's Business", atacada con toda la fiereza posible por unos instrumentos a punto de ebullición. Despedidos como auténticas estrellas de rock, da una idea de la sinergia que esa lejano verano de hace ya 53 años se vivió en un campo de vacas convertido en un barrizal por las continuas lluvias (tal es el terreno donde tuvo lugar dicho festival, el primero celebrado al aire libre en nuestro continente), lo que hace de Cannonball In Europe! un vívido documento con el que darle en la cabeza -aunque mejor será que le de una oportunidad- a cualquiera que tenga la peregrina idea (cosa distinta es que se conecte o no con él) de que el jazz es aburrido.

lunes, 16 de marzo de 2015

STUCK IN THE 90's (y III)

10) Car Wheels On A Gravel Road (Lucinda Williams)
El camino ha sido largo y tortuoso pero al fin estamos en casa. Encenderemos la chimenea, nos quitaremos las gastadas botas, y mientras suenan nuestros viejos discos de ZZ Top y Howlin' Wolf será el momento de brindar por aquellos amantes que antaño calentaban nuestras sábanas, por aquellos amigos que ya no están con nosotros. Por la vida.

 
9) Dirt (Alice In Chains)
Muros de guitarras tras los que bailan, impúdicos, los demonios que todos llevamos dentro. Química y armonías de herrumbre. Polvo, suciedad, tierra. Decisiones personales de las que no se puede escapar. Expiación a través del arte.
 
8) Grace (Jeff Buckley)
Un apellido bendecido. Un ángel empapado de poesía recorriendo las calles mientras Nina Simone le susurra al oído historias de bohemia y melancolía. ¿Donde estabas tú la primera vez que escuchaste Grace?

7) Powertrip (Monster Magnet)
Súbete al coche. Atraviesa el desierto. Busca el letrero de neón que más te llame la atención. Acepta la bebida que te ofrece ese desconocido. Vacía tu cartera. Entrégale las llaves de tu casa a esa sexy fémina. Ya tendrás tiempo de arrepentirte.
 
6) Ritual De Lo Habitual (Jane's Addiction)
El 23 de agosto de 1988 sale a la luz Nothing's Shocking. El 23 de agosto de 1988 empezaron los 90. Y con Ritual De Lo Habitual se cruzó el Rubicón. Led Zeppelin y Velvet Underground. Alice Cooper y Syd Barrett. Talento, locura y santería. "Señores y señoras; nosotros tenemos más influencia con sus hijos, que tú 'tiene'. Pero los queremos. Creado y regalo de Los Angeles: Juana's Adicción."
 
5) Third Eye (Redd Kross)
Medallones mágicos y fábricas de chicles. Paseos por el Planeta de los Simios. Fantasía y androginia. Ropajes de colores, imitadores de Paul Stanley y Sofia Coppola en pelotas. Melodías perfectas. Canciones pluscuamperfectas. De verdad, ¿Sgt. Pepper's? No me jodas...
 
4) Black Love (The Afghan Whigs)
Empapado de sexo, culpa y muerte, el Amor Negro de Greg Dulli apela al corazón, la cabeza, las entrañas y la entrepierna del oyente. Una caja que oculta un secreto, portada por unas manos manchadas de sangre mientras, a su alrededor, la ciudad arde entre explosiones de violencia y lujuria.
 
3) Tomorrow The Green Grass (The Jayhawks)
Canciones para aquellos que somos felices paseando por la orilla del mar, el sol acariciándonos la cara. Canciones para aquellos que queremos dormirnos arrullados por una melodía inolvidable. Canciones para aquellos que nos lamemos las heridas mientras fuera, tras esa ventana empañada, la lluvia no deja de caer. Louris y Olson. Nuestros Lennon y McCartney. Nuestros Everly Brothers. Nuestros Jayhawks.
 
2) Soup (Blind Melon)
Una ciudad dejando su impronta de luz y oscuridad en cada surco. Guitarras jugando a encontrase y perderse. Una voz -en un momento juguetona e infantil, en otro doliente- tocada por la gracia, haciéndose por nosotros aquellas preguntas que evitamos. Vivir. Dudar. Temer. La emoción hecha disco.

1) The Southern Harmony And Musical Companion (The Black Crowes)
Decían que el pozo no daba más de sí. Decían que los Stones, The Allman Brothers Band, Faces, Little Feat o Free lo habían dejado seco. Tierra baldía, el glorioso legado 70's. Bautizado como un viejo libro de himnos góspel, la segunda rodaja de esta banda liderada por una -¡otra más!- mal avenida pareja de hermanos surgía -orgullosa- de la misma semilla de la que brotaran, tiempo atrás, Brothers & Sisters o Dixie Chicken. Benditos bocazas.

martes, 10 de marzo de 2015

ÉRASE UNA VEZ EL HOMBRE

Hace más de un año que Yorick Brown se ha graduado en filología inglesa y mientras intenta encontrar su lugar en el mundo -y de paso, un trabajo- sigue dedicando la mayor parte de su tiempo a los trucos de magia y el escapismo, su auténtica vocación. Hoy es un día importante, ha decidido pedirle la mano a su novia aunque, eso sí, tendrá que ser por teléfono pues Beth se encuentra en Australia, participando en un proyecto antropológico de la universidad. Como testigo: Ampersand, su mono capuchino. Hoy es un día importante para Yorick, decíamos; de hecho, no se imagina cuánto, pues, enclaustrado entre las cuatro paredes de su apartamento en Brooklyn, mientras intenta declararse a su novia y procura evitar que Ampersand haga diana con las heces que le lanza, a lo largo y ancho del planeta, uno tras otro, sin motivo aparente, todos los mamíferos con cromosoma "Y" del planeta caen muertos. Todos, menos el atribulado Yorick... y Ampersand.

Este es el punto de partida de los 60 números (publicados entre 2002 y 2008) de los que consta la edición original de Y, El Último Hombre, cómic creado por el guionista Brian K. Vaughan y la dibujante Pia Guerra. A partir de ese momento, el primer impulso de nuestro protagonista será emprender el camino para encontarse con su amada y hacerle saber que está vivo pero, convertido ahora en un escasísimo "recurso natural", terminará bajo la protección de la agente 355 y ambos, junto a una biogenetista de origen chinojaponés -la Dra. Mann-, iniciarán un viaje que les llevará por todo el Globo para intentar averiguar el origen de la plaga.

Así, partiendo de las coordenadas de una road movie, la serie transita en primer lugar por el género de la ciencia-ficción, dosificando la  acción y  el suspense, y con un uso del "continuará" que para sí quisieran muchos productos catódicos. En segundo lugar, y como obra de dicho género, la historia no deja de lado los aspectos distópicos que su premisa argumental posibilita, indagando en las transformaciones que sufre la sociedad tal como la conocemos: qué sucede con la política, si seguirán latentes los conflictos bélicos existentes antes del "generocidio", preguntándose si pervivirán los clichés sobre hombres y mujeres, el papel del feminismo a partir de ese momento, cómo afrontar las relaciones sexuales o interrogándose sobre si alumbrarán las mujeres un mundo sin delincuencia. Aunque, y ahí está su triunfo, el gran acierto de Brian K. Vaughan es poner en primer plano siempre a los personajes. Desarrollados del primero al último de manera tridimensional y creíble, sacando un gran partido de su oído para los diálogos, lo que finalmente Y, El Último Hombre nos ofrece es una gran historia sobre el amor, el dolor, la pérdida, el desamparo, la aceptación y la capacidad de renuncia. Una historia, en definitiva, sobre el proceso de madurez.